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14 de Febrero de 2010 | 06:00
EL MIRADOR POLÍTICO

Cortinas de humo






Opinión
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Como ya se ha señalado en este mismo espacio, la indefinición en torno a la puesta en marcha del emprendimiento Agua Rica es una consecuencia del fracaso de la política minera catamarqueña, fracaso que a su vez se manifiesta en impotencia para imponer reglas de juego claras.
Con cobertura estatal, la empresa concesionaria del yacimiento demora el inicio de la explotación a la espera de condiciones financieras que le resulten más favorables, en una actitud especulativa que el Gobierno y la Secretaría Minera toleran y hasta encubren responsabilizando por la situación a grupos ambientalistas que se oponen a la megaminería a cielo abierto. El discurso que se esgrime desde Minería es funcional a los intereses de la firma.
El tema ya ha sido analizado, pero nuevos acontecimientos se suman a la cadena de evidencias.
El ataque de agrupaciones pro mineras al diputado nacional y cineasta Fernando Pino Solanas es el último de ellos.
Solanas llegó a Catamarca el jueves para respaldar a los ambientalistas que se oponen a Agua Rica y, de paso, promocionar su película documental “Tierra sublevada, oro impuro”, en la que ataca a la actividad minera. Un puñado de defensores de la minería le tiró huevos, lo insultó e intentó boicotear la conferencia de prensa que dio en el hotel Ancasti. El incidente casi termina a los golpes.
A Solanas, más allá de su inicial y lógica reacción de enojo, finalmente no ha de haberle molestado tanto.
Político al fin, contabilizará por un lado la agresión como saldo favorable en la construcción de su imagen de quijote ecologista enfrentado a los poderosos pulpos mineros.
Y por otra parte, está en condiciones de alegar que el exaltado recibimiento de los manifestantes “aguarriquenses” expresa en realidad que su película tiene tal contundencia que resulta imposible rebatirla razonablemente. Desde su punto de vista, la violencia estalla porque escasean los argumentos.
De modo que los resultados de su incursión por Catamarca son satisfactorios para él, gracias al torpe montaje de quienes lo vituperaron.

Foquismo

De todos modos, beneficios promocionales al margen, el incidente Solanas es anecdótico, sólo una muestra más del primitivo estado en que se encuentra la política minera local.
Bajo La Alumbrera, el emprendimiento de megaminería pionero en el país, se puso en marcha hace ya más de doce años. Desde entonces, el Estado catamarqueño no ha conseguido activar la explotación de ningún otro yacimiento de envergadura similar.
Este pobre desempeño incluye la ausencia de instituciones que defiendan la minería con eficacia y altura.
Quedó de manifiesto en la anécdota de Solanas: la respuesta al discurso contrario a la minería del talentoso cineasta son piquetes que, para colmo, enarbolan banderas partidarias del oficialismo.
No ha conseguido el Estado catamarqueño comprometer a la sociedad con la minería. De modo que la pelea a favor de la actividad se desarrolla bajo una modalidad foquista, aislada, espasmódica y reaccionaria, siempre sospechada de perseguir objetivos mercenarios.

Máscara

El fracaso de la política minera no obedece al accionar de los ambientalistas, sino al modo en que se administraron los millonarios recursos que arrojó Bajo La Alumbrera.
Se calcula que, entre regalías y utilidades, la explotación del yacimiento aportó alrededor de 1.500 millones de pesos a las arcas públicas.
No obstante, Catamarca sigue padeciendo un sistema de servicios obsoleto, con energía menguada, problemas en la provisión de agua potable y gas restringido. Y tampoco se han consolidado actividades productivas sustentables alternativas a la minería, que descompriman la demanda laboral sobre la estructura del empleo pública provincial y municipal.
El enfrentamiento entre facciones pro y anti mineras, ahora recrudecido por Agua Rica, resulta muy conveniente para enmascarar la discusión de fondo sobre la inversión de la renta minera.
La explotación de los yacimientos tiene –o debería tener- una sola justificación social: mejorar la calidad de vida de los catamarqueños y sacar a la provincia de su subdesarrollo productivo.
El Gobierno no ha logrado resultados significativos en ninguno de los dos aspectos con los ingresos de Bajo La Alumbrera. Y es por esto, fundamentalmente, que tiene dificultades para incorporar sectores de la comunidad a una discusión seria por la minería.
La renta minera se administró en forma caótica e irracional, alimentó circuitos de corrupción ya existentes y generó otros, financió el clientelismo y proyectos faraónicos inútiles.
Entonces, ¿por qué habrían de involucrarse los catamarqueños en la reyerta? ¿Por qué deberían defender una actividad que no les ha significado nada en términos de progreso?
Esto, para que se entienda bien, no es culpa de las empresas, sino de la política y de un Estado inoperante. Las empresas hacen negocios, porque ésa es su razón de ser; el Estado, en cambio, tiene la obligación de traducir sus ingresos en bienestar y horizontes de desarrollo para sus habitantes.
Quienes defienden la minería defienden en esta instancia a Agua Rica. Sugestivamente, nada dicen sobre el dispendio de los millones de Bajo La Alumbrera. Ésta, y no la película de Pino Solanas, es en realidad la causa por la que la minería no hace pie en la sociedad catamarqueña.
Los huevos contra el cineasta son un error. O, más grave, el intento de proporcionar una coartada a los responsables de la frustración.

La discusión de fondo

Lo ocurrido ya no puede remediarse. Derrochadas las regalías y utilidades de Bajo La Alumbrera, es necesario analizar la experiencia, discutirla, para no volver a cometer los mismos errores.
Reyertas y trifulcas como la de Solanas, marchas y contramarchas como las realizadas en Andalgalá, son inconducentes. El eje no es minería si o minería no, sino para qué sirve la minería.
Si sirve para algo, si sus utilidades servirán al desarrollo de Catamarca, entonces sí. Si no, no; que queden los yacimientos sin explotar hasta que vengan generaciones y dirigentes capaces de convertirlos en progreso.
La coyuntura de Agua Rica es una oportunidad clave en este sentido.
La renta que la explotación de este yacimiento le dará a Catamarca será mucho menor a la que dio Bajo La Alumbrera, ya que la Provincia no es socia de Agua Rica y, por lo tanto, no tendrá participación en las ganancias. Sólo se recibirían las regalías. Parece urgente establecer mecanismos legales e institucionales que restrinjan las posibilidades de que se reiteren los despilfarros.
La empresa especula. Quizás podrían renegociarse algunas condiciones del contrato a cambio del tiempo que hasta ahora está ganando gratuitamente debido al colaboracionismo de algunos funcionarios. Quizás hasta tratar de armar un esquema de sociedad transitoria de empresas (una UTE) como el de Bajo La Alumbrera. O buscar el modo de conseguir utilidades por encima de las exiguas regalías.
Pero empezar a transitar estos senderos demanda terminar con la cortina de humo que constituye la pelea entre ambientalistas y pro mineros, para encarar el debate de fondo. El que verdaderamente importa.

El fracaso de la política minera no obedece al accionar de los ambientalistas, sino al modo en que se administraron los millonarios recursos que arrojó Bajo La Alumbrera.

Es el dispendio de la renta minera, y no la película de Pino Solanas, la causa por la que la minería no hace pie en la sociedad catamarqueña.


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