ENTRE LOS ALISOS Y ACONQUIJA

Vacaciones invernales: Un recorrido por Tucumán y Catamarca

05.07.13| 13:48  Paisajes asombrosos desde el Parque Nacional Los Alisos, las yungas del Dique Escaba hasta la Sierra del Aconquija.

  • El Observatorio de Aconquija

    Fotos de Graciela Cutuli. Diario Pagina 12

 Más que “jardín”, Tucumán es una selva. Una selva de yungas que asombra por su densidad, muy cerca de los campos donde se imponen las plantaciones de cítricos y caña de azúcar. La provincia comprende el Parque Nacional Campo de los Alisos, situado en el circuito sur que parte de la capital para pasar por Concepción, Aguilares, el Dique Escaba y, finalmente, llegar a Catamarca atravesando la imponente Sierra del Aconquija. 


Campo Los Alisos

El punto de partida para conocer el Parque Nacional Campo Los Alisos es Concepción, la segunda ciudad tucumana, 75 kilómetros al sur de San Miguel. Aunque relativamente pequeño –abarca unas 10.600 hectáreas, en comparación con las 600.000 del Parque Nacional Los Glaciares– su territorio es de gran diversidad: comienza en una zona baja y accesible, que ronda los 800 metros de altura y cuyos circuitos se pueden recorrer en el día, pero termina a 5800 metros, en regiones de alta montaña de difícil acceso, donde se pueden encontrar ruinas indígenas.
La primera zona a recorrer junto con los guías de El Clavillo Expediciones, es una región de yungas con senderos transitables, pero tan densos de selva que a pleno día se puede andar bajo un sombreado túnel verde sin ver otro horizonte. Extender la expedición requiere otros tiempos y otras habilidades, al menos si se quiere llegar hasta El Clavillo, la punta del Aconquija, a través de varios días de marcha por parajes desolados.
A medida que avanzamos, el camino que deja el pueblo rumbo al Parque Nacional se hace más solitario y selvático: “Aquí está todo verde –comenta Sergio Juárez, guía de El Clavillo, indicando el cordón de picos bien marcados que se conoce como Nevados del Aconquija– pero estamos al pie de altas cumbres y nieves eternas, donde se encuentra el glaciar Chimberil, el único glaciar del norte”. De esas altas cumbres baja el río Java, por donde se ingresa al Parque Nacional gracias a un nuevo y sólido puente que va a estar habilitado para julio. Sólo el ruido de los vehículos sobre el sendero pedregoso interrumpe el silencio del lugar, donde todo es una selva de plantas epífitas, claveles del aire, orquídeas y líquenes apenas interrumpidos por senderitos estrechos. Pero cuenta Daniel Vega, el intendente del Parque Nacional que otro es el panorama por las noches: “Aquí hay corzuelas, pumas, ocelotes, más arriba la taruca –que es un cérvido protegido–, garzas blancas, pecaríes de collar. Pero no se dejan ver, o muy poco: su presencia se confirmó sobre todo por medio de cámaras de visión nocturna”. Nada de qué sorprenderse, si se considera que en esta parte baja del Parque Nacional, que recorremos a lo largo de unos siete kilómetros hasta la zona llamada Los Chorizos, funcionó un viejo aserradero que aún marca presencia en algunos claros que no fueron recuperados por el avance de la selva. En el área conocida como Santa Rosa hay un camping agreste, con baños en construcción, que contará pronto con luz y un centro de visitantes. Mientras tanto en Los Chorizos –donde hay un puesto que usan investigadores y el personal del Parque– sale un sendero, de dificultad media, hasta La Mesada, una casona antigua de unos franceses que tenían estas tierras: el sendero es accesible, pero se realiza con registro previo. Puede llevar unas dos o tres horas, dependiendo del ritmo de marcha, e implica ascender unos mil metros desde la entrada del Parque Nacional.
“Aquí la selva se come todo, el camino hay que mantenerlo en forma permanente –comenta Daniel Vega–. En algunos lugares, después de un año y medio sin machete no se puede creer que alguna vez hubo un sendero.” Parques Nacionales también tiene previsto poner en valor la zona donde funcionó el viejo aserradero, en medio de lo que es un gran bosque bajo, porque los alisos que dan nombre al área protegida están en realidad más arriba. 


El Dique Escaba

Es el lago que recoge las aguas de los ríos Singuil y Chavarría al bajar de los Nevados del Aconquija, explica así el nombre de Escaba, una palabra derivada del quichua que significa “lugar donde se encuentran las aguas”. Dos parajes pequeños –Escaba de Arriba y Escaba de Abajo– enmarcan el espejo de agua, que se muestra en el corazón de un paisaje bucólico bañado por el luminoso sol de la mañana. El lago, que abarca unas 580 hectáreas y es muy concurrido en verano para pescar y practicar deportes náuticos, es conocido de los naturalistas por una rareza: en la estructura del dique, en un lugar al que se puede llegar transitando un largo y estrecho camino de hormigón, vive una de las comunidades de murciélagos más grandes de Sudamérica, compuesta por unos 12 millones de ejemplares de la variedad “cola de ratón”.

foto turismo
Sin embargo, no son los murciélagos los que nos traen hasta Escaba en esta oportunidad, sino la invitación a realizar un trekking que sube unos siete kilómetros por la montaña, entre selva, pastizales y arroyos, hasta llegar a un mirador donde la vista no encuentra a su alrededor más obstáculo que el verde manto de árboles cubierto por la sábana celeste del cielo. En las cercanías del Club Náutico Embalse y el puente colgante se brindan algunos servicios a los visitantes.

El paisaje es tan imponente como cambiante: de la selva pura, lluviosa y entrelazada en bromelias, líquenes y helechos, se pasa en el ascenso a una zona de pastizales más llana, que permite hacer un alto en un mirador para recuperar fuerzas y seguir. El último trecho es el más complicado, por las subidas y bajadas, pero también el que invita a seguir porque la recompensa ya se acerca. Finalmente, la última bajada revela las aguas de un arroyo y una cascada idílica, con vista hacia el Aconquija y la pura inmensidad.


Rumbo a Catamarca

La ruta hacia Catamarca, atravesando primero el sinuoso camino y selvático tramo de Las Lenguas, una parte de la espectacular Cuesta del Clavillo. No son muchos kilómetros, pero la estrechez del camino obliga a andar despacio, porque en algunos sectores hay que retroceder en busca de un lugar donde puedan pasar dos vehículos. Una ruta nueva está en construcción, que dejará ésta en desuso pero consagrada como patrimonio vial: mientras tanto, cada curva es una invitación a la emoción. Los impresionables con la altura no tienen nada que temer: en días como éste, las propias nubes se encargan de poner un manto romántico y neblinoso sobre los precipicios, que se suceden uno tras otro hasta llegar a La Banderita. Aquí, donde el altímetro marca 1828 metros de altura, se encuentra el límite con Catamarca. En el lugar están las ruinas de una vieja estación de policía, semisumergida entre la bruma, y un poco más adelante dibujan el perfil del paisaje los Nevados del Aconquija. Un poco más y llegamos a las casitas de montaña Yunka Suma, cerca del río Potrero, donde está previsto pasar la última noche de este recorrido.


Aconquija

“Las Estancias”, como conocen los tucumanos a esta localidad que visitan y disfrutan desde siempre por su frescura veraniega, tiene 4000 habitantes pero puede recibir hasta 10.000 cada verano, en los meses de temporada alta que van de diciembre a enero. La altura la hace agradable en los meses calurosos, pero eso no es todo: aquí se encuentra –en una zona de difícil acceso– el Pucará del Aconquija, una fortaleza de filiación incaica cuyos muros de piedra alcanzan en algunos casos hasta cuatro metros de altura. La rareza del doble nombre viene de la estancia El Suncho, que fue cabecera de las varias estancias que había en la zona y dio origen así al apodo tucumano de la localidad.
La tradición de las estancias se continúa hoy en Los Nogales, de la familia Salado Navarro, donde funciona un criadero de truchas al que se puede acceder por un camino privado. Inspirado por criaderos conocidos en Estados Unidos, el ingeniero Luis Salado imitó los raceways systems norteamericanos –un sistema de piletas donde el agua cae de una a otra formando un sistema “autolimpiante”– y montó el criadero, que provee a la región y donde también funciona un “pesque y pague” donde cada pescador se puede llevar lo que saque por $50 el kilo.
El pueblo y sus montañas también son inspiradores para los artesanos, como Marta Ramos, una experta en el tallado de hueso que se especializa en la confección de primorosos botones.Otro personaje de la artesanía local es Coco Rojano, un escultor de 76 años que fundó su propio museo con las figuras de madera tallada a lo largo de décadas.
También los más amantes de la aventura pueden slanzarse  por la tirolesa que funciona en El Pantanito, a 2000 metros de altura, sobre un barranco que se cruza de una punta a la otra gracias al impulso del sistema de cuerdas. E incluso para quienes no se tiran bien vale la pena hacer un alto por la belleza natural del lugar, antes de dirigirse al último hito de esta travesía: el Observatorio de Aconquija, una construcción totalmente levantada por artesanos locales donde gracias a poderosos telescopios se puede observar el cielo para leerlo con la claridad de un mapa. Todo comienza con una charla a cargo de los guías –los jóvenes Raúl, Brian y Miguel– que ayuda a comprender y ubicar las constelaciones, para terminar con la emocionante vista de Saturno, que en la óptica del telescopio se ve nítido, de un blanco brillante y rodeado de anillos, como si por arte de magia y de los cristales estuviera sorprendentemente cerca de nuestro planeta.
Fuente: Pagina 12